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martes, 22 de junio de 2010

He tomado una decisión


Llevo unos días dándole vueltas a una idea: SHOULD I STAY OR SHOULD I GO?
Irme a Nueva York, de becaria a una empresa de traducción como gestora de proyectos. Tengo la entrevista el jueves.
Llevo ya casi una semana apuntando pros y contras en una hoja de papel. Recuerdo que cuando visité Nueva York hace dos años pensé "esta ciudad es increíble, pero no está hecha para vivir en ella".
Ahora se me presenta la oportunidad de volver a irme, mientras estoy forjando mi vida aquí.
Llevo ya 5 meses luchando por lo que quiero: ser traductora y localizadora. Y he de decir, llegados a este punto, que no me va tan mal. Que estos meses de verano me han contratado en EA Games como "Linguistic Tester", un trabajo muy relacionado con la localización y que traduzco (a veces más, a veces menos) que es lo que me gusta y que todavía no he cumplido los 23.
Ahora me contestan de una oferta a la que me apunté a finales del año pasado, para un puesto de gestora de proyectos en una agencia de traducción de Nueva York. Dios, me siento alagada solo por el hecho de que me hayan seleccionado como candidato final. Pero llevo ya casi un año en esto y volver a ser becaria precaria...Me pagan sí, pero no me da ni para la habitación que tengo que alquilar para vivir allí (NUEVA YORK, Dios, NUEVA YORK) y encima tengo que desembolsar a una empresa intermediaria mucho dinero antes de irme (pero es NUEVA YORK, Dios NUEVA YORK). Me vendría bien para mi negocio aquí, sí, quizá podría conocer posibles clientes (en este poco tiempo he aprendido que si yo no miro por mí y por mi negocio nadie lo hará).
Cuando el jueves el señor que me haga la entrevista me pregunte: "¿Qué piensas hacer cuando vuelvas de tus prácticas?" Le diré "Seguir con mi vida, seguir con mi negocio, aprovechar lo que he aprendido para ser traductora y localizadora, que es lo que yo quiero ser". No le mentiré diciendo que buscaré trabajo de gestora de proyectos...
Si consiguiera que me subieran un poco el sueldo, que me diera para vivir y no para malvivir, entonces no me lo pensaría. Hay gente que me dice "si solo es un problema de dinero, pide un préstamo a un banco o a tus padres". Están los bancos como para dar dinero. No, no le tengo que pedir nada a nadie, soy yo sola con mi decisión de irme o quedarme y yo tengo que valorar si puedo irme o no.
Si me dieran un poquito más de dinero yo me pondría una venda en los ojos, cogería un cuaderno de bitácora, mi sonrisa, mis ganas y mi fuerza y a vivir, a aprender, a disfrutar. A construir una nueva vida y esta vez sí, sin descuidar ni un ápice a los que dejo aquí, sin e-mails cadena ni nada eso. Los amigos son como plantas que hay que cuidar para que no se mueran.

Lo que QUIERO ser se impone ante LO QUE ME GUSTARÍA HACER ahora, quizá buscando olvidar y huir. Alguien, hace muy poco, me dijo una gran frase: "A veces, tenemos que renunciar a lo que nos apetece hacer en pro de un bien mayor". Y eso es lo que voy a hacer yo el jueves, de no ser que Don New Yorker esté por la labor de darme unos 500 dólares más al mes ;)

jueves, 3 de junio de 2010

Buenos días

Salió el Sol y llamó a mi puerta. Me preguntó qué coño hacía tirada en el sofá. Me ordenó la casa y la vida. Me abrazó fuerte, muy fuerte y me hizo prometer que no dejaría que mi corazón se congelase nunca.
Me regaló unas alas de mariquita, con las que poder volver a subir a las nubes y, aunque me costó aprender a usarlas y aunque pensé que unas alas de mariquita nunca iban a poder llevarme hasta las nubes, lo logré.
Y ahora, que vuelvo a ver lejos el suelo, veo todo con otra perspectiva.
He perdido y, a la vez, he ganado porque todo ocurre por alguna razón, porque no podemos dejar de aprender y de comprender. Y yo he comprendido que no puedo dejar de sentir lo que siento, ni quiero. Que no voy a volver a construirme una coraza, aunque sí un pequeño refugio por encima de las nubes, porque por aquí corre una brisilla que me encanta.


Estoy de vuelta.

jueves, 11 de febrero de 2010

Hace un año


A veces uno se mira al espejo y no se reconoce. Nos encontramos con la imagen de alguien que no recordábamos así, como cuando nos cuesta reconocernos en las fotos que guardamos en esa vieja caja de zapatos.
Mi espejo me devuelve la imagen de alguien que está tumbado al borde de un abismo contemplando el paisaje, avanzando poco a poco hacia el precipicio sin saber si debe tirarse con un paracaídas o debe parar su avance y tumbarse un poco más a seguir contemplando el paisaje.
Algunos piensan que, cuando al fin salte, el paracaídas se abrirá y el reflejo de mi espejo aterrizará con los dos pies firmemente sobre la tierra, y crecerá y abrazará la tierra y le saldrán raíces, esas que con tanto esmero ha ido cortando...
El reflejo de mi espejo, que tiene la cabeza un poco más arriba de la tierra, no sabe si quiere saltar o si quiere seguir disfrutando de las vistas. Entretanto, a mí me gustaría que ese espejo me diera las respuestas que tal vez no quiero ver: «Nos hacemos mayores».
Quizá solo a medias, quizá solo en el espejo, quizá todavía exista un camino intermedio entre saltar y contemplar el paisaje. El reflejo de mi espejo no quiere abrazar la tierra, no quiere que le salgan raíces a las que tenga que regar todos los días, quiere volar, pensar, crear.
Quiere saltar otros abismos más pequeños, quiere soñar y, sí, quiere disfrutar del paisaje porque la vida es corta pero ancha y ya habrá tiempo para echar raíces. Y quizá eso no sea hacerse mayor, pero sí es enriquecerse. Y quizá eso no sea lo responsable ni lo correcto «ya es hora de trabajar». Sí, pero el reflejo de mi espejo no tiene raíces solo un paracaídas. Y al reflejo de mi espejo le apetece crecer en todos los sentidos de esa palabra menos en los que implica «hacerse mayor».


Escribía esto hace un año y hace muy poco tiempo que salté al abismo y ¿sabéis qué? El paracaídas se ha abierto y estoy aprendiendo a volar con él.

jueves, 7 de enero de 2010

Lloro,
hasta que se me moja el alma
y se me arruga la piel.

Lloro,
hasta que ya no tengo lágrimas
y cuando acabo solo me queda tristeza.
Y un dolor punzante en el lado izquierdo del pecho, cerquita del corazón.

Lloro y me agoto,
por lo tonta que fui,
porque cuando tuve oportunidad de salvarlo,
ya me había cansado de luchar.

lunes, 14 de diciembre de 2009

Nieva


No suelo subir la persiana del salón por la mañana, pero esta mañana lo he hecho y para mi sorpresa: ¡Está nevando! No he podido evitar dar un saltito de alegría. Me encanta la nieve. Me trae muy buenos recuerdos. Creo que hasta la ciudad más horrorosa del mundo se transforma con la nieve.
Entre mis primeros recuerdos de nieve, recuerdo un paseo por el pueblo de la mano de mi padre, por la noche, nevando mucho. Mi padre era gigante, quizá porque yo era muy pequeña. Nos cruzamos con alguien que nos dijo: ¿Qué, a dar una vuelta? Y mi padre contestó: Hay que disfrutar de estas pequeñas cosas que no pasan a menudo.
Pero que nieve no es algo pequeño…
Recuerdo las tardes de sábado cuando nevaba mucho en la sierra y mi padre me decía: Venga, llama a tus amigas que os subo. Y subir hasta las portaleras (cuando se podía) o hasta la Yega y meterme en la nieve hasta la cintura. El problema venía los sábados que yo había quedado con el cura para ser monaguilla (cuánto tiempo hace que no piso la iglesia…) y llegaba empapada y me tenía que quedar media hora al lado del radiador de la sacristía para secarme.
Recuerdo los domingos de excursión a Gredos, a tirarnos con los plásticos. Y yo, con mi afán de meterme en la nieve hasta la cintura, me meto, salgo y mis botas se quedan encajadas en el agujero.
Y la nieve, inevitablemente, siempre me recuerda a Toronto. La primera tormenta de nieve me asustó. Luego comprendí que era la misma nieve de mi infancia solo que concentrada y quizá un poco ansiosa por llegar y me encantó. Yo era la que siempre tiraba bolas de nieve a traición, de repente volvía a tener 5 años y ¿por qué no ponerme a saltar en la nieve con las bolsas de la compra? Experimentaba momentos de felicidad extrema dentro de la felicidad. Y aprendí a andar con tacones por la nieve y a que de nada te sirve un paraguas para protegerte de ella, los paraguas son para la lluvia. La nieve se aprende a amar y sus copos resbalan, te acarician, se quedan en el pelo quizá pero…me encanta.
Siempre que nieva ocurre algo mágico y se cumple alguno de mis deseos. Y en días como estos me dan ganas de comprar un bote de nata y otro de chocolate y escaparme para dormir contigo.